sábado, 20 de octubre de 2012

la gran emancipación

Tal día como hoy hace varios cientos de millones de años, en una playa de granos de arena gruesos y negros, un ser de patas vacilantes o aletas ineptas resolvió, impulsado por un vertiginoso y extraño instinto de progreso, no mirar atrás mientras se alejaba del mar que había sido padre, madre y alcahuete de todo cuanto hasta entonces había vivido en el planeta.

jueves, 6 de septiembre de 2012

el retrato de D. G.

Por los muchos méritos del retratado, y a despecho de la tradición y sus plazos, hace unos meses se decidió encargar al Maestro Atanasio Llopis (quien no responde sino al nombre de Le peintre y firma con un pictograma que, por sinuoso, recuerda al miembro de un primate catarrino) el retrato del Excmo. Sr. D. Luis De Guindos Jurado, Ministro de Economía y Competitividad del Reino de España, al objeto de exhibirlo ipso facto en la Galería de retratos del  Congreso de los Diputados. En los mentideros de la corte se dice que esta acaso precipitada decisión tuvo un punto supersticioso: al igual que en determinados pueblos de nuestra geografía se saca a la calle una imagen de  la Virgen en tiempos de sequía, para ablandar el corazón del divinal departamento responsable de abrir la espita de la lluvia, los diputados, atribulados por la pertinaz recesión y agobiados por los mercados veleidosos, quisieron mostrar al mundo que al frente del timón de la nave económica de España se halla un hombre firme como pocos. Le peintre recogió tal firmeza inflexible en su retrato, muy celebrado por algunos y menos por otros, que afirmaron que el mismo les parecía una fotografía pasada por el filtro de un programa informático. Por la urgencia y por el mucho ocre y rosa -colores muy caros, pues, según Llopis, ambos contienen trazas del legendario múrice con que se teñían las togas de los patricios romanos- empleados en reproducir la frente preclara del Ministro, el Maestro cobró al Congreso 1.236.450 euros (más IVA), que casi todos dieron por bien empleados (entendiéndose por casi todos una mayoría parlamentaria amplia aunque no necesariamente cualificada, pues no había ley que tal nivel de consenso exigiera).

Así pues, el retrato se colgó y colgado permaneció hasta que, hace unos días, se decidió su retirada y, según se supo después, su reclusión en un húmedo desván del complejo parlamentario. La decisión causó cierto estupor entre los diputados e incluso la indignación de los más fervientes defensores del Ministro, que enseguida exigieron la restitución del cuadro. El propio Ministro, entretanto, se mostró hermético y no quiso dar su opinión, aunque en el fondo de sus ojos oscuros, de controlada expresividad, hay quien creyó percibir un atisbo de inquietud e, incluso, de alarma cuando un par de iniciativas estuvieron a pique de devolver el retrato al lugar de donde lo habían retirado.

Se preguntó a Le peintre si sabía qué había sucedido y éste, muy ajeno al aplomo cachazudo que solía exhibir en sus intervenciones públicas, respondió azorado con evasivas que a nadie satisficieron. ¿Sería el múrice dichoso, que había reaccionado de un modo imprevisto ante las condiciones de temperatura y humedad que, debido a las acaloradas disputas políticas, hacían del del Congreso un microclima famoso? Punto en boca, Llopis había inclinado hacia delante el hombro derecho y perseguido oblicuo la salida del edificio, haciendo flamear los faldones de la esclavina que llevaba en pleno mes agosto mientras sorteaba periodistas, ujieres, bedeles, diputados y agentes de las fuerzas del orden.

A comienzos de la semana en curso, el Ministro De Guindos regresó de unas breves vacaciones, muy censuradas por quienes consideran que no está el país para irse a salar las posaderas al Mar Menor o a donde fuere en vísperas de la visita de las diversas autoridades que pasarán por el mismo para cerciorarse de que estamos haciendo lo que es necesario. El caso es que el reposo pareció haberle sentado bien: traía un saludable arrebol en las mejillas y diríase que incluso la expresión se le había dulcificado. Las malas lenguas comenzaron de inmediato a trabajar en la elaboración de infundios: que si había pasado por quirófano, que si ya podían haberle cambiado el semblante entero, para cuando tuviera que salir por piernas del erial que nos va a dejar, etc.

Ayer, en cambio se desveló de improviso un misterio que no se tenía por cierto existiera. Un ujier, que ha preferido que su nombre no se cite en el presente relato, entró por error en el cuarto donde se guardaba el retrato retirado, en busca de una bombilla de bajo consumo con la que sustituir alguna de las últimas incandescentes que quedan en el Congreso, refunfuñando por verse obligado a realizar tareas que en absoluto correspondían a la dignidad de su cargo. En lugar de bombillas, encontró el retrato, al que cubría una bandera raída, dizque de las que se enarbolaron en alguna de las guerras que tanto lustre dieron a la patria. Sin quererlo, como por reflejo, el ujier levantó el pabellón que en tan humilde cometido había acabado sus días y, espantado, profirió un alarido que se oyó en Bruselas (por teleconferencia).


 

¡No puedo levantar España!
Lo que vio fue esto: